Inexpresiva

Hará no mucho tiempo, en un pueblo de nombre maldito, una pequeña inocente recibiría por su cumpleaños su peor pesadilla; en forma de muñeca.

Todo el drama comenzó cuando la tía de Inés compró el regalo.

Entró en una tienda destartalada de aspecto antiguo y siniestro, no había luz eléctrica, solo unas pocas velas iluminaban la estancia levemente.

 

   Una muñeca de labios rosados y hermosa sonrisa la observaba sentada en una balda de una pared de una pequeña tienda del centro, con un cierto brillo maligno iluminaba sus negros ojos de cristal, mientras se dirigía al dueño. El anciano dependiente ayudó a su clienta a escoger.

 

-Tenga cuidado, las muñecas de segunda mano han pertenecido a otros, puede que incluso contengan un alma vengativa, asesina, o diabólica…Quién sabe qué podría suceder, yo, personalmente no las recomiendo.-dijo con voz ronca

-¡A mí todo eso me da igual! La muñeca la elijo yo.- agarró la de los labios rosados, pelo negro y dulce sonrisa. La puso sobre el mostrador y dijo:

-Me llevo ésta, ¿cuánto es?

-Esa…

-¡¿Cuánto?!- dijo, ya al límite de su paciencia

-7 euros- susurró

Inés estuvo media hora recibiendo a la familia; la tía Rosa, la abuela viuda, a su hermano que volvía de un viaje de estudios y a su padre que venía del trabajo.

Luego, durante el almuerzo, tuvo que soportar las típicas intervenciones de la familia: “Se ha puesto tan guapa”, “Ya es tan mayorcita” y un largo etcétera que no merece la pena mencionar.

Después, por fin, pudo abrir sus regalos, pero cuando arrancó el colorido papel del último regalo, empalideció; no sabía por qué, pero le asustaba el oscuro semblante de la muñeca de porcelana que sostenía entre sus manos. Rostro blanco como la leche, grandes y opacos ojos negros, fina cabellera azabache y esa expresión vacía…Sin sentimiento alguno.

Cuando acabó su fiesta y todos fueron a dormir Inés ya había olvidado a la muñeca.


 

 

Pero sin embargo, no pudo pegar ojo en toda la noche; no sabía si se lo imaginaba, si estaba soñando o si era real, pero unos terribles alarido impregnados de dolor desgarraron sus oídos y la alarmaron, se encendieron las luces de la casa y de repente se escuchó un grito, un grito de susto procedente de la garganta de su abuela.

Inés se levantó corriendo, se puso las zapatillas y bajó a trompicones las escaleras, se quedó inmóvil en la puerta de la habitación de su tía, que yacía en el suelo rígida, seca, y con una máscara de blanca porcelana que cubría su cara. Estaba muerta.

Aturdida por los sucesos, volvió a su propia habitación, se sentó en la cama y fijó su mirada en la alfombra de color rosa desgastado que le había regalado su tía en su tercer cumpleaños. Sin saber por qué levantó los ojos hacia su mesilla de noche, donde, sentada contra el espejo que colgaba de la pared, estaba su extraña muñeca que ahora, inexplicablemente, sonreía de forma maliciosa.

Una inmensa sensación de angustia se apoderó de ella, empezaba a asustarle su muñeca, le recorrió un escalofrío por el cuerpo y dejó de mirarla.

Se puso en pie de un salto y se dirigió al cuarto de baño para intentar relajarse sumergida en el agua caliente, pero le fue imposible, todo era demasiado inquietante para su pobre mente.

Al mediodía recogieron el cuerpo de su tía y se lo llevaron para hacer la autopsia.

Durante la comida, que había transcurrido en silencio, Inés le preguntó a su madre:

-¿Qué le ha pasado a la tita Rosa?

Su madre se quedó paralizada y en silencio ante la pregunta de su hija, y pasado un rato, siguió comiendo, sin responder.

Inés se sintió ofendida y estaba enfadada. Su madre todavía la trataba como a una niña de tres años, de modo que salió del comedor dando un portazo, subió corriendo las escaleras y se encerró en su cuarto. Una vez allí y hecha una furia, agarró la muñeca y le miró la cara, otra vez seria e inexpresiva.

Al llegar la noche se fue a la cama sin cenar, en parte porque estaba enfadada con su madre y por otro lado, porque se le había cerrado el estómago a causa del miedo.

Durmió inquieta y se despertó varias veces para vigilar al juguete que en sus sueños asesinaba a su familia. Lo sabía, estaba segura, la muñeca era la asesina.

No podía ser verdad, tenía que ser un sueño…otra vez, no podía estar sucediendo de nuevo. Los alaridos de dolor que había escuchado la noche anterior se estaban repitiendo, pero esta vez era una voz distinta, ¿había muerto alguien ahora?¿Quién sufría en la casa?

Inés ocultó la cabeza bajo la almohada, pensó un rato, y en un acto reflejo, la volvió a sacar y miró a la muñeca que estaba tirada en el suelo. Ésta estaba empezando a sonreír con crueldad ante la mirada incrédula de la niña. No podía ser… Ya… la muñeca sonreía con la misma malicia que cuando murió la tía.

-¡¡Aaaaahhhhhg!!- oyó un grito ahogado. Y como un eco, el suyo siguió al anterior. ¿Quién había muerto ahora?

Su madre entró en el cuarto con cara sombría, los ojos rojos de haber llorado y un pañuelo en la mano tensa. Con voz casi inaudible, le dijo a su hija:

-Inés, tu abuela ha aparecido muerta en su habitación, y llevaba una máscara blanca. –Se interrumpió – No llores querida… - pero era ella la que lloraba

Sus padres, tras haber notificado la muerte en la comisaría, decidieron ir a dar un paseo al mercado, Inés les acompañó, ya que le apetecía tomar el aire. Su hermano se había quedado en casa porque supuestamente tenía que estudiar. Sus padres intentaron convencerle por todos los medios, pero no hubo forma. Inés fue de muy buena gana al mercado, porque siempre le daban dinero para comprar chucherías.

Iba cavilando en sus cosas, pensando cómo habían muerto su tía y su abuela. Cómo era posible asesinar a alguien tan silenciosamente, porque eso sólo podía ser un asesinato, lo tenía claro. Pero…quedaban algunos cabos sueltos, imposibles de atar.

En cierto momento, no supo cómo no cuándo ni dónde, pero se despistó y un momento después sus padres no estaban. Buscó, llamó y preguntó y al cabo de unos minutos de tensión, los encontró y volvieron a casa.

La llave giró, pero antes de llegar a abrir la puerta, los vecinos vinieron corriendo y con cara de haber pasado un miedo terrible. As palabras del señor Sergio dejaron helada a Inés.

-Hemos oído unos gritos provenientes de vuestra casa cuando no estabais, a ver si ahora ha pasado algo con tu hermano.-dijo dirigiéndose a la niña.

Sin pensarlo ni un momento, las dos familias se abalanzaron adentro de la casa traspasando la puerta principal. Lo que vieron en ese instante los petrificó ya del todo,

La visión del cuerpo inerte del hermano de Inés hizo llorar a casi todos los presentes, pero los sentimientos que afloraban en el interior de Inés no tenían nada que ver con la tristeza, que luego sentiría, sino que apretó puños y dientes conteniendo el odio que generaba su cerebro. Sí se fijó en que la cara de su comandante doméstico estaba cubierta por una máscara fina, lisa y dura de cerámica.


 

 

Su madre, con lágrimas en sus ojos enrojecidos, comunicó a los vecinos que necesitaban un momento a solas. Ellos, cortésmente se fueron dándole el pésame al padre de aquella desdichada familia.

Cuando se hubieron ido, la pobre y desgraciada mujer se sentó junto a su hija y le dijo que sería mejor que durmieran esa noche en un hotel, porque alguien, quienquiera que fuera, estaba en su cara y esperaba a su despiste para asesinarlos.

-Siento mucho que esto tenga que suceder en tu cumpleaños, bonito regalo te está haciendo el psicópata que no persigue por no sé qué razón. ¿Me oyes? ¡Como le hagas daño a mi hija te haré la vida imposible!- lanzó estas últimas palabras al techo, segura de que alguien la oiría.

-Cariño, vete tú ya con la niña, yo haré las maletas y me reuniré dentro de una hora con vosotras, ¿de acuerdo?

No hubo réplica posible, Inés y su progenitora  desaparecieron con la mirada fija en la casa que dejaban atrás mientras el taxi se alejaba cada vez más.

Cuando estuvo sólo, el cabeza de familia dejó escapar un suspiro, pensando en todo lo que le quedaba por hacer. Iba a darse la vuelta y subir las escaleras, pero vio una figura pequeña de pie en el pasillo. Su grito sólo fue escuchado por las paredes.

En el hotel, la madre de Inés intentaba convencerla a ella y a sí misma de que estaban a salvo, pero ambas sabían que no era así, que el asesino podía haberlas seguido.   Preocupada, la voz de Inés se oyó clara en medio del silencio que había reinado el último espacio de tiempo:

-¿No debería haber vuelto ya papá?

-Tienes razón, querida, vamos.

Se levantó de la silla en la que había estado sentada, cogió su abrigo y salió de la habitación predicha por la pequeña. Subidas en otro taxi, llegaron a su siniestro hogar, y en el sofá del salón descubrieron al padre, muerto.

-Cojamos lo necesario y huyamos- susurró la madre a Inés.

-Pe-pe-pero…

-No rechistes, para mí tampoco es fácil.

Cada una llenó una mochila con lo que necesitaban y antes de salir, la madre vio a la muñeca que se había quedado en el cuarto de la niña. “Qué despistada, se la habrá olvidado sin querer.” Pensó y acto seguido al introdujo en su propia bolsa.

Luego, se reunió con su hija frente a la casa, suspiraron a la vez pensando que nunca volverían allí, no mientras la policía no atrapara al que les hacía la vida imposible.

Al llegar al hotel, decidieron que iban a ducharse, dormir y al día siguiente irían a declarar en comisaría. La mayor entró primera en el cuarto de baño, se oyó cómo se abría el grifo y el agua caliente se deslizaba por el desagüe. Inés se puso a dibujar lo que veía a su alrededor mientras esperaba su turno para ducharse. Pintó la lámpara, la silla, la mesilla y la cama, la tele, el armario… todo cuanto le permitiera olvidarse un poco del tema de su muñeca asesina que nunca volvería a ver. O eso creía ella.

-He traído la muñeca que te regaló tu tía, te la habías olvidado y la metí en la bolsa con mi ropa.

Inés empalideció al oír aquello, y entró a la ducha cabizbaja mientas su madre salía envuelta en una horrible toalla rosa. Sus cabellos rizados caían lisos y empapados sobre su espalda y por primera vez se fijó en que parecía más joven de lo que en realidad era, se encogió de hombros a causa del escalofrío que sintió, se acababa de dar cuenta de que ella estaba sin ropa, de pie en el cuarto de baño de un hotel y que hacía un frío que pelaba. Entró corriendo en la ducha y se sintió aliviada cuando notó el agua caliente caer sobre su cabeza. Tardó mucho en ducharse, quería alargar aquel momento de felicidad porque sabía que iba a ser efímero. Cuando salió de la ducha, se secó rápidamente el pelo y se vistió a toda prisa para no dejar más tiempo sola a su madre. “Mmm, mamá ha estado en silencio un largo rato, ¿se habrá dormido?” Cuando salió del baño y pasó al saloncito, su madre estaba sentada en la silla con la cabeza caída, una máscara blanca y una muñeca de porcelana sonriente en la mano derecha. A Inés le dio tal impresión que perdió el conocimiento en el acto justo antes de caer rodando escaleras abajo.

Cuando despertó se encontraba en una sala blanca, en una camilla de hospital, ”¿Cómo he llegado yo aquí?”

De repente entró un hombre con una bata blanca que se sentó a su lado en una silla de plástico, y empezó a hablar:

-Parece ser que te has caído por las escaleras. Te has dado un buen golpe en la cabeza, te la hemos tenido que vendar.

-Es verdad…-dijo Inés llevándose una mano a la frente- ¡Ay! Duele…

-Por eso te pondré una inyección para que duermas mientras hace efecto la pastilla que te quitará el dolor ¿vale?

Inés asintió con la cabeza y sintió un leve dolor en el brazo mientras sus párpados se iban cerrando lentamente.

Cuando volvió a abrir los ojos ya no le dolía la cabeza, se irguió y vio que la sala donde estaba tenía un mueble frente a la cama sobre el cuan colgaba un espejo, miró su cara y se rió de la pinta que tenía con la venta, parecía como si no tuviera pelo.

Luego, aterrada, vio que sentada sobre el mueble, contra el espejo, había una muñeca con el rostro de porcelana, pero su mirada ya no era inexpresiva, sino que reflejaba un alma psicópata, cruel y asesina, y en sus labios había una sonrisa maligna. La muñeca miró hacia arriba, al espejo. Inés se miró y vio que de repente su cara estaba tapada por una máscara blanca y fantasmal. Profirió un grito ahogado y aterrador.

Tras eso, la oscuridad y la nada la invadieron.

KIKA